Perfume como puerta · Reflexión
El coleccionista
Hay un cajón, un estante o una repisa de baño en algún lugar de la casa que ya no tiene espacio. Y sin embargo, frente a un frasco nuevo, el primer pensamiento no es «no entra». Es «¿a qué huele?».

Eso ya dice algo.
No hace falta tener doscientos perfumes para ser coleccionista. Alcanza con notar que la pregunta «¿lo necesito?» dejó de ser la que realmente se hace antes de comprar uno.
La distinción que nadie quiere hacer del todo
Existe una diferencia, al menos en teoría, entre coleccionar y acumular. La escritora de perfumería Michelyn Camen lo plantea así en un texto sobre su propia colección, que ronda los 600 frascos: el acaparador compra por miedo a que algo escasee o desaparezca; el coleccionista compra por curiosidad, por el miedo distinto de quedarse afuera de algo que todavía no probó.
Es una distinción prolija. Le falta algo.
Porque en la misma nota, Camen admite que también hace stockpiling — guarda de más, por las dudas — y que aun así se sigue viendo más como coleccionista que como acaparadora. Si hasta ella, con medio siglo de colección encima, necesita hacer ese ajuste para quedarse tranquila, la línea entre las dos cosas no es tan clara como suena. Es más un relato que nos permitimos que una frontera real.
Quizás no hace falta resolverlo. Quizás la pregunta interesante no es «¿soy coleccionista o acaparo?» sino por qué ese primer frasco de más nunca alcanza a ser el último.
Michelyn Camen, sobre su propia colección.
El otro miedo: que se termine de verdad
Hay una segunda razón para acumular, y es casi la opuesta a la anterior. No es «quiero probar lo nuevo». Es «tengo miedo de que dejen de hacer lo que ya amo».
Las reformulaciones y las descontinuaciones son reales, y el mercado de reventa de perfumes vintage creció justamente sobre ese miedo — gente comprando frascos de hace veinte años, de marcas de lujo y también de marcas de shopping que nadie tomaba en serio hasta que dejaron de existir. Aventus, de Creed, lanzado en 2010, es uno de los nombres alrededor de los que más se discuten versiones y cambios a lo largo del tiempo en comunidades de perfumería. Comprar un segundo frasco de algo que se ama no es redundancia. Es una apuesta contra el tiempo.
Así que el coleccionista no está atrapado entre dos impulsos raros. Está atrapado entre dos miedos razonables: quedarse afuera de lo nuevo, y perder lo de siempre. Ambos, al mismo tiempo, garantizan que nunca haya un punto final.
- lo que uso
- lo que guardo
- lo que recuerdo
Sí, pero
Todo esto puede sonar a una explicación demasiado generosa de por qué el estante no cierra.
A veces no hay ningún miedo filosófico de por medio. A veces es simplemente que olió bien en la muestra, estaba en oferta, y ya.
No hace falta convertir cada frasco de más en una tesis sobre la memoria y el deseo. A veces uno solo quiere otro perfume.
Pero la próxima vez que aparezca un frasco que técnicamente no hacía falta, quizás valga la pena notar cuál de los dos miedos lo movió: el de perderse algo que todavía no existe, o el de perder algo que ya se tiene.
Ninguna de las dos respuestas es vergonzosa. Las dos, eso sí, aseguran que haya un frasco más después de este.
Nota: reflexión editorial de Aromia. Los enlaces de compra dirigen a retailers autorizados y son enlaces de afiliado.
- Le Male de Jean Paul Gaultier — aparece como ejemplo de una familia que no deja de extenderse.
- Aventus de Creed — aparece en el pasaje sobre conservación, versiones y miedo a perder lo que ya se ama.